Desde el inicio del ejercicio de la ArqueologÃa, sus más respetados expertos se han topado con enormes dificultades a la hora de reconstruir la historia de la antigua civilización egipcia, sobre todo del dÃa a dÃa de este pueblo.
La principal causa la encontramos en los escasos datos que se desprenden de los hallazgos arqueológicos limitándose, la mayor parte de estos conocimientos, a las figuras polÃticas y eventos trascendentales acaecidos en dicho periodo histórico. La suerte es que, a través de evidencias de pinturas en sepulcros, obras de arte y escritos se ha podido reconstruir algunos aspectos muy Ãntimos de esa parcela desconocida de la sociedad egipcia sorprendiéndonos con datos que suscitan una gran curiosidad como es el hecho de que se protegiesen y amasen a los perros, llegándolos a considerarlos compañeros y miembros de la familia.
A lo largo de la Historia se ha empleado el término “perro” para referirse a la raza doméstica (Canis familiaris) de un ancestro similar al lobo. Algunos cientÃficos sostienen, sin embargo, que el perro es una subespecie de lobo (Canis lupus familiares) y que fue domesticado al menos hace 14000 años y posiblemente hace 150000 años según evidencias recientes. Lo cierto es que los perros siempre han acompañado al hombre en su proceso civilizador y numerosas obras de arte y jeroglÃficos asà lo ratifican desvelándonos como, además, estos perros participaban tanto de la vida cotidiana como de la vida sagrada de los antiguos egipcios.
Recuperando las palabras de una conocido biógrafo y filósofo griego, Plutarco, (46-120 a.C.), en Egipto se rendÃan grandes honores al perro llegando incluso a producir la muerte de dichas mascotas, una gran pena y siendo muy común que, entre los miembros de la familia, se llegasen a afeitar el cuerpo y la cabeza para asà poder calmar su pena.
A aquellos queridos compañeros se les apodaba con muy diversos apodos; a partir del estudio de diversos frescos encontrados en distintas tumbas egipcias se han traducido hasta ochenta nombres: algunos aluden a la personalidad, trabajo o talento del can, como Fiel, Buen Pastor y Espada; otros, a sus caracterÃsticas fÃsicas o pelaje, llamándole Formado como Flecha, Ébano… Los afectuosos incluyen el vocablo abu (”reverenciado”, “amado”, y “padre”), la palabra ubis (”protector”), o hhi (”mÃo”); también encontramos nombres humorÃsticos que parecen calificar conductas irreductibles: Loco, Inútil o Perra de la ciudad; e incluso aquellos perros empleados en el arte de la guerra que, recordando la prioridad de nacimiento en la lechigada, solÃan tener por nombre un número el Quinto, el Sexto…
En uno de los friso encontrados y traducidos perteneciente al Imperio Nuevo encontramos las palabras que afirman que “el perro obedece las palabras y sigue a su amo”; dicha afirmación nos atestigua que, además de ser sometidas estas mascotas a un esmerado cuidado en la alimentación y en la higiene, también recibÃan un esmerado entrenamiento de manos de personas especializadas en el oficio (quienes, según un reciente hallazgo se sabe que, incluso, poseÃan una organización sindical) en campos de recreo para perros. A la manera etrusca se los conducÃa mediante collar de ahorque, pero, en la guardia de templos y palacios, al igual que durante las batallas, se les ponÃa collares con pinchos cónicos (en Roma y Pompeya llamados colleras de pugna o carlancas) e, inclusive, placas laterales de cuero y metal, lomeras en serrucho y casquetes, protegiéndoles de picas y flechazos.
Las pinturas halladas en los sepulcros (pinturas murales como en las que se ve durante su vida al fallecido, acompañado de su perro) son las fuentes principales de las que más información se ha extraÃdo como son las representaciones de perros similares al moderno pharaoh, al ibizan-hounds, y al dálmata, populares principalmente entre la nobleza egipcia. También en espejos de mano, con marcos de madera y marfil, pertenecientes al Imperio Nuevo (1500 a 1800 a.C.), se han representado escenas en donde la mascota es un elemento cotidiano y muy querido.
Por lo que se ha podido averiguar a través de las figuras esculpidas y murales, parecÃan existir razas caninas nativas del Valle del Nilo y otras importadas. Con respecto a esta última, el hecho de que, en primer lugar, el Imperio lindase con el tramo noreste del rÃo Eufrates y, hacia el sur, comprendÃa el actual Sudan y, en segundo lugar, que existiese un rico comercio por parte de ciudades claves en el Antiguo Egipto como eran Menfis y Tebas con griegos, hititas, babilonios, sirios, palestinos y nubios; serian estos argumentos los que causarÃan que, además de negociarse con metales, piedras preciosas, perfumes, especias, productos textiles y cueros de nonato, también se comerciase con toda clase de razas de perros exóticos.
Aunque se haya formulado como una suposición, algunos investigadores han afirmado que, siguiendo las costumbres egipcias que propiciaban la consanguinidad (unión de reyes con hermanos para conservar la sangre y evitar la intoxicación de la saga), la reproducción de los perros seguirÃa idéntico camino generalizando, por consiguiente, la homocigosis y el nacimiento de cachorros de similares caracterÃsticas y surgiendo la raza, propiamente dicha.
Como consecuencia del crecimiento del Ãndice de natalidad de las mascotas caninas asistimos al aumento de animales extraviados deambulando por esas calles urbanas en busca de alimento; era cada vez más común observar como estos animales revolvÃan, con toda libertad, los montones de fétida basura de ciudades como Luxor o Menfis protegidos por la ley faraónica que impedÃa molestar a mendigos, perros y gatos. El resultado no podÃa ser otro y es que, pronto, las ciudades se verÃan asoladas por la rabia propagándose por todo el antiguo mundo y, aunque resulta paradójico ya que la rabia se transmite a partir de la mordedura de estos animales infectados, como principal medida se combatió tal plaga con la defensa con perros de guardia.
Es tal la cantidad de información extraÃda de estos restos arqueológicos acerca de las mascotas egipcias que no nos extraña que, como ocurre en la actualidad, podamos saber que era generalizada la práctica de preparativos para el entierro de un perro como si de un ser humano se tratara. ExistÃan muchas clases de ceremonia pero era un indicativo importante a tener en cuenta el nivel económico de la familia a la que perteneciese dicha mascota ya que se conoce que en clases adineradas, la ceremonia comprendÃa costosos y elaborados ritos. Un fiel ejemplo de dicho rito es recogido en un papiro de la época del Imperio Antiguo (2680-2180 a.C.), en donde se cuenta que un perro de caza llamado Abutin (”orejas en punta”) fue profundamente amado por su dueño, faraón y, antes de nada, hombre; éste, al morir el animal, ordenó que el ataúd integrase el tesoro de la realeza, lo momificaran y vendasen con cintas de finÃsimo lino, y a inhumación de incienso fuera llevado al sepulcro como correspondiese en honras de nobles de la corte.

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