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Maldiciones Egipcias: La conveniencia de seguir creyendo

La Historia de la Egiptología nos ofrece una gran cantidad de curiosidades de gran atractivo para todos aquellos seguidores que dedican su vida o su tiempo libre al estudio de dicha cultura.

Tal vez, el enigma que encierran cantidad de historias, sobre todo las que se refieren a ese mundo remoto en el que la muerte dormía sobre el lecho de arena del infinito desierto; proceda de la enorme admiración que ha despertado desde la antigüedad esta avanzada civilización, la cual profesaba un profundo fervor tanto por los dioses como por la muerte.

Las noticias que hemos tenido desde los años 20, tras el descubrimiento de la tumba de Tutankamón por el arqueólogo Howard Carter, suscitan ciertas dudas con respecto al tema de las maldiciones. Lo cierto es que los faraones tenían una especie de miedo patológico a la violación de sus tumbas y, como hemos mencionado, en absoluto la muerte en el Egipto antiguo era símbolo de miedo o terror ya que morir significaba el abandono de la esclavitud del alma y el inicio del viaje al País del Infinito. La muerte requería la práctica de un proceso como era el de la momificación a través del cual se preparaba los cadáveres que luego serían encerrados en inquebrantables tumbas, el bien hacer de dicho ritual aseguraba con éxito que el alma del fallecido no vagara hasta la eternidad.
La clase social y las posesiones de uno u otro individuo darían más o menos suntuosidad al entierro; en el caso de los más pudientes se construían cámaras secretas y subterráneas donde se acompañaba el cuerpo con su fortuna ya que se creía que serían de gran uso en el otro mundo. Tal cantidad de riquezas era uno de los cebos más suculentos para aquellos amigos de lo ajeno y, conscientes de ello, los encargados de construir dichas tumbas no dudaron en ingeniar innumerables pasadizos secundarios que no conducían a ninguna parte, además de muy diversas e ingeniosas precauciones que alcanzaban características casi sobrehumanas; todo ello para garantizar la inviolabilidad de su muerte.
Inscrito en las paredes era característico esculpir caracteres jeroglíficos con distinto contenido en cada una de ellas pero idénticos en esencia: “La muerte golpeará a quien perturbe al sueño del faraón”… rezaba una de ellas pero quizás la más conocida fuese: “Que el cocodrilo en el agua y la serpiente en la tierra estén contra aquellos que hagan cualquier clase de mal contra esta tumba, porque yo no he hecho nada contra él y ellos serán juzgados por Dios”…, en definitiva, advertencias que maldecían a aquellos quienes osasen profanar las tumbas y violar el eterno reposo de los moradores de las mismas con un castigo post-mortem.

Aunque son muchos los que tildan estas creencias de superstición lo cierto es que los egipcios sí creían firmemente en su existencia. A través del estudio de toda aquella documentación referida al sistema penal egipcio que ha perdurado a lo largo del tiempo, podemos conocer distintas fórmulas de castigo para todo aquel que se separase del camino legal; podía ser castigado mediante el ingreso en prisión, podía recibir torturas (bastonazos, retorcimiento de tobillos y muñecas o mutilaciones), e incluso la pena de muerte pero en el caso de que dicho delito fuese realmente brutal, en dichos documentos se especifica que la condena máxima que recibiría traspasaría el mundo terrenal y se extendería a su futura vida en el Más Allá mediante una maldición. La intención de los gobernantes egipcios era hacer caer sobre el reo la condena más espantosa existente en la época como era, entre otras acciones, borrar su nombre de cuanto soporte físico lo contuviese ya que significaba que, la persona en cuestión, “dejaba de existir” y lo condenaba al más absoluto olvido incluso en la eternidad. El robo de una tumba faraónica era algo brutalmente más allá de lo imaginable y su castigo correspondía con este hecho.
Muchos somos los que en la actualidad aún no sabemos si creer pero la superstición parece no ser tan disparatada y aún más tras conocer la cantidad de sucesos misteriosos acaecidos tras el expolio o el descubrimiento de alguna tumba como fue el caso de la de Tutankamón.

“Veo cosas maravillosas” aseguraba H. Carter tras traspasar el muro de piedra que hermetizaba la cámara funeraria del faraón Tutankamón; pero el regocijo no dudaría tanto cuando se comenzaron a suceder un sin fin de muertes misteriosas que se fueron sobreviniendo tras la primera muerte. La curiosa desaparición del canario de Carter que enjaulado le acompañaba cuando realizaba sus distintos trabajos dentro de la cámara tras el ataque de una cobra egipcia (la serpiente guardiana de los faraones y encarnación de la diosa Edjo) desataría la muerte de distintas personas, todas ellas relacionadas de alguna forma con el hallazgo. El siguiente en la lista fue el patrocinador de la expedición, Lord Carnarvon, quien sería víctima de la erisipela desarrollada tras una picadura de mosquito. Ciertos relatos indicaron que, inmediatamente revelada la muerte a su familia, la ciudad se quedó sin luz y, en su casa de Inglaterra, moría su perro foxterrier favorito en brazos del mayordomo. Richard Bethell era uno de los ayudantes de Carter, éste moría súbitamente de una enfermedad circulatoria y Lord Westbury, padre de Bethell, se suicidaba. Uno de los primeros visitantes de la tumba de Tutankamón fue George Jay Gould, hijo de un multimillonario que tras su visita no duró más que un par de días con vida. Cuando Alb Lythgoe, otra persona que había estado en la tumba, agonizaba en el hospital, víctima de un infarto cuando Herbert Winlock, Director de la sección Egipcia del Museo Metropolitano de arte Moderno de Nueva York, se sintió obligado a desmentir la existencia de la llamada maldición de las momias. La cadena de sucesos seguía su curso y un medio hermano de Carnarvon, Audrey Herbert, que se trasladó a Egipto para estar presente cuando encontraran la Cripta Final moría en Londres sin causa lógica en el piso de su dormitorio mientras se preparaba para tomar un baño.
Lo curioso es que Carter seguía vivo y sus compañeros y amigos seguían muriendo por causas muy extrañas. Su más cercano ayudante, Arthur Mace, fue quien rompió los últimos pedazos del sello que separaba al mundo exterior de la Cámara Real, tal hecho no quedaría inmune ya que también seguiría la misma suerte que los demás; Sir Douglas Reíd, el radiologista que había trabajado bajo las órdenes de Carter sacando radiografías de la momia en la tumba, también moría tras enfermar rápidamente de cansancio y agotamiento sin causa conocida e incluso la secretaria de Carter, Bethel, moría de un ataque al corazón; inmediatamente el padre de ésta (que también había estado en la Tumba) fallecía al lanzarse de un séptimo piso. Un profesor canadiense amigo de Carter recorrió la tumba pocos después del hallazgo, sólo fue regresar al hotel en el Cairo y morir víctima de un ataque cerebral.

En 1935 la cifra total de muertos relacionados con Tutankamón sumaba veintiuno y varios recopiladores de sucesos la elevaron hasta treinta pero aún no terminaría aquí ya que la siniestra lista de víctimas de la maldición del faraón seguiría completándose con distintas muertes en la década de los años sesenta. El director egipcio de antigüedades, Mohammed Ibrahim, intentó impedir que varias reliquias halladas en la tumba fueran a París ya que tenía la corazonada de que algo malo le podría suceder, el gobierno le obligó a aprobar el traslado y ese mismo día murió atropellado. Tras arduos estudios acerca de esa maldición venida del Más Allá, el doctor Ezze-din Taha, de la Universidad de El Cairo, creyó encontrar una explicación científica a las misteriosas muertes al descubrir que varios arqueólogos y personas que trabajaban con restos antiguos solían padecer infecciones en la vías respiratorias debidas a la existencia de diversos hongos, un virus llamado Aspergillus niger, que posee extraordinarias propiedades, como poder sobrevivir a las condiciones más adversas durante mucho tiempo en el interior de las tumbas y en el cuerpo de los faraones momificados. Tras la exposición de dicha teoría tomó su coche y chocó frontalmente contra otro; la autopsia demostró que su muerte se debió a un fallo cardiaco ocurrido pocos segundos antes del accidente.

La década de los setenta tampoco se libraría, el nuevo director del Departamento de Antigüedades egipcio, Gamal ed-Din Mehrez, afirmó que no creía en la maldición pero tras hacer esta declaración moriría en la supervisión del empaquetado de los objetos destinados a la exposición que se iba a celebrar en Londres. Nadie relacionado con los restos del faraón niño parecía quedar sin castigo así lo había dictado la inscripción de la tumba la cual jamás fue hallada debido a que ese muro fue el que derruyeron para acceder a la cámara; incluso los miembros de la tripulación del avión que efectuó el traslado a la capital británica fueron padeciendo de una u otra forma la maldición. Rick Laurie, piloto del avión murió de un infarto y su esposa, que se volvió loca, contaba a todo el mundo que su marido murió por culpa de la maldición. El ingeniero de vuelo, Ken Parkinson, sufrió seis infartos y finalmente murió. El oficial Ian Lansdown confesó haberse atrevido a burlarse de la maldición dando una patada al cofre que transportaba la máscara y esa misma pierna tuvo una importante fractura al romperse una escalera de hierro, resultando terriblemente complicada su recuperación. La casa del teniente Jim Webb se incendió mientras pilotaba el avión hacia Londres. Y Brian Rounsfall, otro miembro de la tripulación, que también se burló junto con Ian de la maldición dedicándose a jugar a las cartas sobre la caja que contenía el sarcófago, sufrió dos infartos el año siguiente.

Tras casi 90 años después del descubrimiento de dicha tumba la opinión sigue divida entre aquellos que creen que ciertamente se producen estas muertes por la influencia de la maldición cada vez que los restos de Tutankamón son perturbados. Éste es el caso de personalidades como el señor Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, o del egiptólogo Arthur Wiegall, quienes creían en tal maldición y promovían la publicación de numerosos artículos donde el argumento principal intenta destacar una maldición fruto de la venganza de los faraones alimentando aún más las mentes sedientas de muchos lectores. Por otro lado, están los que opinan que la leyenda de dichas muertes ha sido alimentada por los medios de comunicación quienes les han buscado un nexo aunque no tuviesen nada que ver.
Lo cierto es que, mientras todos estas personas fallecían, Carter vivía aún 17 años más en su casa de Inglaterra; también otras personas que colaboraron con la expedición llegaron a viejo véase el caso de la hija de Carvanon, Allan Gardiner u Otto Neubert, por lo que inexplicablemente no se entendía el calibre de tal enigma.

En 1980 muy pocos eran los que se tomaban con seriedad la maldición pero la leyenda seguía alimentándose con los extraños acontecimientos que se iban produciendo en relación. En unos estudios de cine estadounidenses se decide hacer una película basada en estas historias; el actor Raymond Burr, su protagonista, se desploma sin sentido un día durante la filmación. En los 90, la BBC rodaba la serie “El rostro de Tutankamón”, rodaje en el que también tuvieron la experiencia ya que se fue la luz durante 20 minutos y cuando comentaba jocosamente la posible maldición, el director cayó fulminado al suelo sin respiración, se salvó mediante la respiración artificial que le hizo su esposa. En el hotel donde se hospedaban, un ascensor se desplomó 21 pisos y cuando comprobaron los rollos filmados uno estaba en blanco.

Actualmente la maldición parece estar inactiva y las últimas investigaciones realizadas por el egiptólogo Zahi Hawass, quien supervisó hace unos meses la primera tomografía computarizada de la momia del niño faraón Tutankamón, asegura que aunque no teme reprimenda alguna sí que es cierto que durante el análisis le sucedieron cosas muy extrañas a todos los que participaron en la investigación. El marido de la hermana del arqueólogo en cuestión falleció, casi tuvieron un accidente en el coche en que viajaban, hubo una tormenta de arena y lluvia en el Valle de los Reyes (inusual en esa región) y, como colofón, el ordenador que debía realizar el escáner estuvo estropeado durante una hora.

Esta presunta maldición no es sin embargo la única y es que en distintas épocas se han ido sucediendo desgracias inconexas al descubrimiento de Carter, este es el caso ocurrido durante la época de la llamada Revolución Industrial cuando un empresario norteamericano, dueño de fabricas de papel, debido a la escasez de una de las materias primas con las que confeccionaba su producto decidió emplear como substitutivo de estos vendas de momias egipcias. El problema surgió cuando debido a las sustancias bituminosas con que las vendas estaban impregnadas extendió una epidemia de cólera entre algunos de los trabajadores que tuvieron contacto con estos materiales.

Mi rumor favorito es el que se produce en el mismísimo hundimiento del Titanic al que atribuyen tal desgracia debido a que, según dicen, a bordo viajaba la momia de una sacerdotisa de la época de Amenhotep IV, la cual aunque en teoría debía haber viajado en las bodegas del barco, lo hizo sin embargo detrás del puente de mando. En la actualidad son muchos los que aseguran sentirse mal tras visitar las antiguas tumbas, enfermedades inciertas que, según declaraciones médicas, empiezan con dolores de cabeza y pueden seguir por infecciones locales por lo que quizás sea conveniente seguir creyendo en ella y pasar de puntillas cuando alguno se atreva a visitar la tumba de Tutankamón, ¿o no?.








...por Carolina Fontanals ...por Carolina Fontanals


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1 comentario en Maldiciones Egipcias: La conveniencia de seguir creyendo

  1. Yo creo en todo lo que se dice sobre las maldiciones egipcias; mejor haría caso a las advertencias y los hechos.

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